Internacional. La reciente guerra entre Rusia y Ucrania, además del impacto social y económico que genera en ese territorio y en las dinámicas globales, ha tenido antecedentes a nivel de ciberseguridad, los cuales hacen pensar en un desplazamiento del conflicto bélico a los espacios virtuales.
Considerar que los enfrentamientos se llevan a cabo tanto en el mundo físico como en el virtual es consecuente, más si se tiene en cuenta la gran cantidad información almacenada por los gobiernos en sus servidores, así como el uso integrado de la comunicación por los canales virtuales. No es gratuito que la mayoría de países tengan organismos de inteligencia que se encargan de investigar, entender y usar el malware, ransomware y troyanos, entre otros.

Un punto de partida importante se da en diciembre de 2015, cuando sucedió un ataque a varias centrales y generadores en Ucrania, el primer hackeo exitoso de la historia contra una red eléctrica, llevado a cabo con un troyano que fue llamado BlackEnergy. El incidente no levantó alertas hasta que una parte del país que se quedó sin iluminación. Las autoridades rusas negaron estar involucradas, pero admitieron la posibilidad de una hipotética "ciberguerra" entre ambos países.
En junio de 2017 un ciberataque llamado NotPetya afectó las páginas web de instituciones y empresas ucranianas, pronto se estableció que, aunque tuviera fachada de ransomware, no se podía generar rescate de la información, porque en realidad estaba diseñado para eliminarla. Al respecto, tanto el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) como el gobierno británico señalaron a Rusia como autor de los hechos, que pronto se extendieron a otros países del mundo, especialmente de la Unión Europea.
Ese mismo año Estados Unidos acusó y presentó cargos penales contra seis oficiales de inteligencia militar rusos por ese incidente, conocido como el más destructivo y costoso en la historia, el cual paralizó las operaciones Maersk, empresa líder en el transporte marítimo de contenedores a nivel global, que calculó pérdidas entre 200 y 300 millones de dólares.
Para 2018 el tema de los ciberataques volvió a resonar, pues EEUU impuso sanciones adicionales contra cinco entidades rusas, incluida una bajo el mando del Servicio Federal de Seguridad ruso, así como tres personas más. Esto por el NotPetya, pero también por las supuestas intrusiones en la red energética americana.
A mediados de enero de este año (2022), Ucrania denunció un ciberataque masivo contra más de 70 sitios web del gobierno, incluida la página del Ministerio de Asuntos Exteriores donde fue dejado un mensaje amenazante en ruso, polaco y ucraniano, que aseguraba había una violación a los datos personales de los ciudadanos ucranianos que estarían expuestos. En dicho evento el Centro de Comunicaciones Estratégicas y Seguridad Informática ucraniano aseguró la existencia de una “huella rusa” en el ataque, aunque en apariencia la agresión tuviera como fuente a Polonia.
Horas antes de la declaración de guerra por parte de Rusia (el miércoles 23 de febrero) otra serie de ataques fue cometida contra la seguridad informática de Ucrania, como resultado varias webs de bancos y departamentos del gobierno quedaron inhabilitadas. Según Mykhaylo Fedorov, ministro de Transformación Digital del país, fueron ataques DdoS.
Finalmente, la red global de hackers Anonymous le declaró la guerra cibernética a Rusia en su cuenta oficial de Twitter (el jueves 24 de febrero). Pocas horas después, gracias a los ataques que se sospechan fueron de tipo DdoS, los sitios web oficiales del Kremlin y del Ministerio de Defensa ruso quedaron sin acceso.
El riesgo nuclear
A la preocupación global, agitada por las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, sobre su intervención en el conflicto, se añade que Chernóbil, ciudad conocida por el desastre nuclear de 1986, fue tomada el pasado jueves (24 de febrero) por las fuerzas militares rusas. Como respuesta, Volodymyr Zelensky, presidente de Ucrania, mencionó en su cuenta de Twitter que esta ocupación es una" declaración de guerra contra toda Europa".
Dicho espacio se ve con temor por parte de la comunidad internacional debido al material radioactivo que allí se encuentra, tanto así que en el 2016 se instaló un nuevo sarcófago, con un costo de 1.500 millones de euros que fueron financiados por 28 países y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, para proteger los restos del reactor 4, que fue donde se produjo el incidente. En pocas palabras, es reconocida como una zona peligrosa. En conclusión, es tópico de malestar el uso de armas nucleares por parte de los actores del conflicto o sus aliados y, además, la inadecuada manipulación de la seguridad de esta zona.

Antecedentes históricos
Ucrania logró su independencia en 1991 y para el año de 1994 Rusia firmó un acuerdo en el que se comprometía a respetar su independencia y soberanía, pero desde entonces acontecieron diversos conflictos fronterizos. Parte de esta guerra surge porque a Rusia le preocupa que Ucrania se convierta en miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y que, en consecuencia, permita el acceso de tropas y arsenal de los otros miembros de la organización.
Porque si bien la naturaleza de esta alianza es la defensa de sus integrantes contra cualquier ataque que reciban, no se puede obviar que su objetivo inicial, cuando fue creada en 1942, era hacerle frente a la expansión de la Unión Soviética. Por demás, la mayoría de los países que se unieron a la OTAN desde 1997 son más cercanos al territorio ruso, asunto que ya había generado conflictos y exigencias de retirar avances militares en el oeste de Europa por parte de Vladimir Putin, presidente ruso. Es de notar que Ucrania es socio más no miembro, pero esto significa que podría unirse oficialmente en un futuro.
Otra característica de este conflicto es que tanto la caída de la URSS como el pacto de Varsovia y otros eventos históricos han movido las fronteras, lo cual ha generado gran malestar entre separatistas prorrusos y nacionalistas ucranianos, donde cada grupo indica sentirse afín a visiones políticas diferentes y luchan para que su visión, de cómo se debería distribuir administrativamente el territorio, se convierta en realidad. A esto se le suma que justamente Moscú reconoció la independencia de Lugansk y Donestk, territorios en la frontera de Ucrania.

